¿DISCULPARSE CON LOS HIJOS? Llegó la Era de los padres blanditos…

¿Eres un padre o una madre blandita? ¿Le pides disculpas a tus hijos cuando metes la pata o te mantienes fuerte, en tu sitio para evitar verte como alguien débil e imperfecto, por aquello de no perder credibilidad o autoridad?

Es que eso de ser un blando no funciona! ¿”Negociar” o “ceder”? Esas son palabrotas en nuestro vocabulario!

Los padres tenemos que mantenernos firmes y con pies de plomo con los hijos para que no se nos suban a la chepa y sepan en todo momento quién manda en casa. Si el papá se equivoca en algo, no importa, y la mamá además debe unirse también para reforzar las cosas, y así entre ambos hacer de muralla infranqueable. Tapar el error es vital con tal de que ellos no se den cuenta para que no nos cuestionen en el futuro o nos tomen por el “pito del sereno”.

Hombre ya! ¡¿Qué es eso?! Pedir disculpas de qué… Encima de que los aguantamos y los cuidamos. Lo que faltaba!

En fin… se nota mucho que este tipo de metodologías no va conmigo, ¿no?

Dejaré el teatro para otro momento, porque está claro que a mi actuar así no me va. Yo creo que si nos comportamos de esa manera, le damos un mensaje errado al niño, porque es injusto cometer un error y tratar de encubrirlo a toda costa, porque está mal hacerles creer que los adultos SIEMPRE tenemos no solo las de ganar, sino la razón absoluta.

Ellos van a aprender a justificar sus acciones por todos los medios, sin pararse a pensar en las repercusiones, aprenderán a tapar y encubrir sus fallos a toda costa, y también tendrán un concepto errado sobre lo que es un adulto… y un adulto es cualquier cosa menos una persona absolutamente perfecta.

Yo no quiero hacerle creer a mi hija que ella debe aspirar a ser perfecta, ni quiero que ella crea que soy perfecta, que nunca cometo un error. Yo soy una persona de carne y hueso, y me equivoco como cualquiera.

Cuando me equivoco con ella se lo digo, y me aseguro de que lo entienda. Me disculpo y eso no solo le hace sentir apreciada y tenida en cuenta, sino que le deja claro que mis decisiones no siempre son las mejores, que me puedo equivocar y que cuando uno se equivoca lo correcto es reconocerlo y rectificar.

Cómo me repateaba de pequeña eso de que los adultos siempre tengan la razón, y aun cuando estaba claro que no la tienen entre ellos se cubran las espaldas. Especialmente era algo que veía entre los profesores del colegio… ¿Dónde está el drama, el terror en reconocer un error?

Era injusto! Y para colmo eso solo generaba rebeldía y desobediencia. La razón no tiene edad o tamaño… cuando se tiene razón se tiene, y cuando no… no. ¿Por qué vivimos en una sociedad en la que el niño no puede jamás tener más razón que el adulto? ¿Por qué siempre debe reinar el adulto por encima del niño a toda costa? Si el niño cuestiona al adulto entonces es un maleducado.

Los niños quedan reducidos a nada… Sin derechos, sin reconocimiento, “sin rechistar”!

Bueno, pues yo le pido perdón a mi hija cuando considero que me he equivocado y sé que eso le ayuda a sanar la “herida” del momento. Por ejemplo, el otro día andaba yo bastante estresada por temas personales de los cuales ella no tiene culpa, y coincidió con que se puso bastante exigente en ese momento… así que terminé gritándole de mala gana.

Ella puso cara de enfado, porque le pareció injusto, y se puso efectivamente como dije anteriormente: rebelde. Así que me sentí mal, me agaché, cambié la cara de amargada que llevaba y le pedí perdón por haberle gritado. Le expliqué que estaba un poco cansada, y me volví a disculpar. Entonces ella quitó su cara de enfado, me abrazó, me dijo “no pasa nada” y a otra cosa mariposa.

Si yo hubiera dejado las cosas así tras el grito, es posible que la tensión hubiera ido a más, o que ella se quedara resentida interiormente, o tal vez al rato se le hubiera hasta olvidado… pero yo creo que esos pequeños gestos y detalles se van acumulando dentro poco a poco y eso puede desencadenar quizás en una mala relación en el futuro, o una relación más distante que cercana…

Lo que está claro es que vivimos en una sociedad en que el adulto está convencido de que su forma de hacer las cosas es la mejor. Es la verdad absoluta y punto. Incluso los padres que decimos educar en libertad, pecamos al imponer nuestras ideas y conceptos que tenemos de las cosas, en lugar de dejar claro siempre que ese es nuestro punto de vista y lo que nosotros entendemos, por ejemplo, por libertad.

¿Las cosas se pueden hacer de muchas maneras? Pues claro. Y que nosotros, como personas, tengamos nuestra propia forma de hacerlas no significa que sea la mejor. Por lo tanto, nuestros hijos, y en general los niños deberían poder sentirse libres de cuestionar nuestras decisiones o razonamientos. ¿Por qué ver eso como un acto de rebeldía u oposición? ¿Qué hay de malo en que lo cuestionen a uno? De pronto nos obligan a razonar nuestra postura, y en el proceso de justificarnos nos damos cuenta de que en realidad no es verdad lo que decimos o pensamos, o que son válidas otras verdades… ¿y? Qué bueno! Podremos entonces mejorar nuestra perspectiva de las cosas, rebobinar, cambiar, trascender… abrir nuestra mente…

¿Qué pasaría si en la Comunidad Científica, por ejemplo, no aceptaran nuevas propuestas, cuestionamientos o descubrimientos?

Que nos cuestionen no es malo… Todo lo contrario, y, además, estaremos criando personas capaces de atreverse a pensar por si mismas, a plantear sus ideas, aceptar las ajenas y a disculparse sin sentirse inferiores, porque disculparse no es un acto de vergüenza ni desprestigia a nadie.

Todos queremos tener hijos que no se dejen manipular ni influenciar fácilmente por los demás, pero en realidad no los educamos para eso, ya que en casa los queremos mansos, quietos, obedientes y sin llevar la contraria.

Educar a un libre pensador tiene sus pros y sus contras… ;)

 

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